Camino de Santiago I: De Sarria a PortoMarin - España

Camino de Santiago I: De Sarria a Portomarin
 
Tras salir de Estambul por la mañana aterrizamos en Madrid donde esperamos a que llegarán desde Mallorca en otro vuelo dos más a unirse al grupo para hacer parte del Camino de Santiago. Una vez llegaron nos movimos con todo el equipaje en metro del aeropuerto hasta la estación de tren. Cuando llegamos llovía con mucha fuerza, como comenté en la entrada sobre Estambul donde también me llovió. La lluvia fue una constante en mis últimos días de vacaciones. En la estación de tren recogimos a la última del grupo: ya estábamos las seis, ahora solo faltaba el equipaje. En Madrid hicimos cambio de equipaje: en medio de la estación cambiamos las maletas de Turquía por las mochilas del Camino, y cenamos un bocadillo apurando el tiempo hasta el último minuto dado que cambiar de un equipaje a otro implicaba sacar algunas coas de la maleta y cambiarlas a la mochila. Finalmente cogimos el tren que desde Madrid nos dejaría en Sarria. Yo suelo dormir en cualquier lugar pero en las camas del tren dormí fatal, pase muy mala noche, al menos nuestra compañera de cubículo (eso era claustrofóbico con tanta mochila y nosotras) era muy simpática. Antes de las siete de la mañana llamó el revisor para despertarnos pero no fue necesario ya estábamos preparadas para salir, no tuvimos muy buena noche y con el cansancio de tanto movernos de un lado a otro el día anterior no fue el día que más en forma estuve. Nada más salir del tren hubo un par de peregrinos que empezaron el camino y nosotras nos paramos en el primer bar a sellar la credencial y desayunar apropiadamente antes de comenzar a andar. Aquí dejamos algunas mochilas para que fueran hasta nuestro albergue del día aunque en la mochila diaria llevaba más peso que en la otra, tantas cosas de por si acaso (ropa, medicamentos, comida, agua, linternas, batería…) y al final lo mismo hubiera dado visto que al final me apañé y use todo lo que llevaba. Había mochilas de otras compañeras de viaje que pesaban horrores, andar con eso me hubiera matado (o a ellas). Yo creo que aprendí de Groenlandia a meter de todo pero no pasarme con el peso. Una vez bien desayunadas y habiendo dejado las mochilas “pesadas” comenzamos el camino, para ello tuvimos que ir cruzando Sarria y nos sentimos un poco perdidas hasta que nos metimos en el propio Camino de Santiago, muy bien localizado por flejas amarillas. La cosa tuvo su gracia porque cuando llegamos a Sarria no llovía pero fue salir del bar y decirnos la mujer del bar “ir preparadas porque va a llover”, y andar dos pasos y empezar a llover, de forma que tuvimos que retroceder y bajo el toldo del bar ponernos los chubasqueros y las capas de agua. Al comenzar el camino en Santiago nos encontramos con bastante gente, pero normalmente me adelantaban. No soy de las que anda rápido, siempre he sido más de resistencia que de velocidad. En el grupo había de todo, así que siempre había algunas más por delante y otras más por detrás. Aunque recuerdo que en esta etapa íbamos más juntas, luego la gente empezó a hacer el camino a su ritmo, por eso es mejor o ir solo o ir con alguien que lleve tu misma forma de caminar. Al inicio del camino, cuando estábamos saliendo de Sarria, tras pasar nuestro primer cruceiro y la vista del pueblo desde lo alto un par de peregrinas me pidió una foto y luego, al verme hacer tantas otros me preguntaron cómo no se me estropeaba la cámara con el agua. Lo cierto es que el año pasado ya s eme rompió una cámara con el agua y ya le he cogido el truco a esconderla en el bolsillo del impermeable y solo sacarla para la foto. La chica se marchó comentando como se le había estropeado al suya por la lluvia y es cierto que en el grupo hubo alguna cámara y móvil tocado por el agua y es que salimos a las ocho de la mañana del bar, cuando comenzó a llover, y hasta las seis de la tarde que llegamos a nuestro destinos final nos pasamos todo ese tiempo bajo el agua, no dejó de llover en ningún minuto, y además no llovía chirimiri sino que caía agua con ganas, de la que se ve en las fotos y deja inundadas las calles. El recorrido de esta etapa de Sarria a Portomarin fue de los más bonitos que tuvimos, pese al agua que caía los paisajes eran preciosos, ya fuera andando al lado de la vía del tren, o atravesando los campos de maíz sobre el monte, o los pueblos con sus hórreos y casitas de piedra. Todo el camino tenía mucho encanto. Aquí las guías ponían lugares para conseguir servicios y bebidas sin dificultad pero en realidad muchos estaban cerrados en esta temporada, supongo que en verano deben estar en uso pero en estas fechas nos pasó que había muchísimos cerrados y, o ibas preparado, o podías pasarte muchos kilómetros sin encontrar ningún lugar donde abastecerte, o incluso guarecerte del agua. Llovía tanto que cuando saque los papeles de la guía para ver cuánto quedaba se mojó tanto que la tinta quedó toda borrosa, me sentí hasta mal porque un hombre mayor, alemán, que tenía parkinson me preguntó por cuanto quedaba cuando estaba intentado encontrarlo en la guía y no le pude responder porque no había forma de leer nada bajo la lluvia (y ya he comentado que no había rincones en los pueblos donde resguardarse). Sé que el hombre era alemán y demás porque nos lo encontraos varias veces en el camino y asistimos a la misma misa del peregrino en Santiago. Aquí también conocimos a la que sería la séptima mujer del grupo. Esta hacia el camino en solitario y como andaba a un ritmo parecido a lagunas del grupo, a veces más rápido otras más lento al final fue una más del grupo. Durante el camino me adelantaron varios coreanos y me sorprendió ver tanto coreano haciendo el camino, eso sí, iban mucho más deprisa que yo, aunque por muy preparados que estuvieran al final se mojaban igual que el resto porque al llegar a Portomarin el hombre del albergue nos comentó que por muy preparados que fueran los coreanos se mojaban igual bajo la lluvia de Galicia. Además ese día la mujer del albergue comentó que la lluvia que había caído ese día no era normal, que estaban en alerta porque por ahí suele llover pero no de esa forma. Pero estábamos con la parada para ver cuánto quedaba hasta el final y todavía no habíamos encontrado ni un bar o lugar donde conseguir agua o refugio. Aquí aproveche bajo el agua llamar para reservar el albergue del día siguiente, en vez de ir a los públicos fuimos a privados, son diez euros pero valen la pena porque la añadida al grupo la primera noche con el hombre mayor de Alemania lo pasó en un público tan mal que el resto ambos lo hicieron en privados, que por la diferencia de precio les compensaba más. La pena de los albergues privados es llamar el día antes para reservar, porque siempre nos pillaba andando en algún lugar, y usualmente bajo el agua. Pero la otra opción es andar rápido y llegar de los primeros, y eso no iba a pasar conmigo. El caso es que todavía quedaba aún un trecho dado que todavía no habíamos llegado al kilómetro 100. En la guía ponía que había dos kilómetros 100 pero el verdadero que marca 100 km hasta Santiago es uno lleno de pintadas y piedrecitas, y aquí la guía sí que acertó. Pasé dos km 100 hasta que llegué al que tenía las pintadas. De aquí llegamos a un pueblo con un merendero cubierto (por fin) pero había un bar y decidí acercarme a ver si este estaba abierto. Como lo estaba entramos para poder ir al baño, comer, beber, y acercarnos a la estufa caliente para secarnos un poco, porque estábamos empapados, aquí coincidimos las siete y el señor de Alemania, que iba con su parkinson y su mochila, olé por el hombre. Aquí todos sellamos la credencial, en los últimos 110 kilómetros del camino de Santiago hay que sellarla por lo menos dos veces al día para que sea válida. Tras un descanso no muy largo continuamos el camino hasta Portomarin, el camino igual es bonito pero no me fijé mucho porque de aquí hasta que llegamos empezó a llover mucho más fuerte. Mientras andaba solo veía agua y más agua, estaba con la cara empapada, la cámara y el móvil ni se me ocurría sacarlas, y solo queríamos llegar o que dejara de llover. Durante este tiempo dejamos de ver peregrinos y estuvimos solas el camino, aunque con la que caía era más que normal. Los últimos kilómetros los caminos se habían convertido en ríos, para poder pasar teníamos que meternos de lleno dentro de los charcos de agua porque esta caía como ríos y en cascadas del campo al camino. En este momento mis pies cuando andaba hacían plof plof dela gua que llevaba entre la bota y el pie. La llegada a Portomarin mereció la pena porque estaba todo de un color verde irreal, y las piedras grises del antiguo pueblo (sumergido por la construcción de un pantano) estaban cubiertas por el agua de color lechoso, debido a la cantidad de agua que llevaba el rio. El paisaje era precioso, pese a la lluvia y lo mojadas que estábamos me paré para hacer fotos y disfrutar de las vistas. Tras una subida hecha a idea para rematar la llegada al pueblo preguntamos por el albergue dado que llegar al pueblo era fácil, pero luego encontrar los albergues costaba un poco más. El albergue estaba muy cerca de la plaza del pueblo (donde está el ayuntamiento y la iglesia que está orientada inadecuadamente porque al trasladarla desde el viejo pueblo el alcalde decidí ponerle otra orientación para que cuadrara con sus planes de arquitectura. O eso no contó el párroco de Vilas de Donas, y lo cierto es conociendo España es más que creíble. En el albergue se desvivieron por nosotras que llegamos como otros peregrinos (todo extranjeros) chorreando agua. Nos dieron mucho papel de periódico para secar las botas (dio igual porque por dentro al día siguiente seguían mojadas), y estuvieron atento de nuestras ropas cuando las dejamos en la secadora (hicimos varios turnos porque todos usaron la secadora – normal dada el agua que había caído y que seguía cayendo-). Tras una ducha caliente nos cambiamos de ropa y fuimos a comprar al supermercado nuestra cena y desayuno del día siguiente y nos acercaos a la iglesia de Portomarin para sellar la credencial (ya teníamos dos sellos pero teníamos al intención de tener sellos de iglesias y no de bares como mucha gente hacía). El cura estaba preparándose para la misa pero muy majo nos selló la credencial a las seis. Y también pudimos ver la iglesia mucho más bonita por dentro que por fuera. Aquí aprendimos que a las siete es la misa y que las iglesias abren un poco antes, y que si queríamos ver alguna iglesia por dentro había que acercarse a esa hora (excepto en Pedrouzo que la misa nos dijo el del albergue era a las seis de la tarde).

Visita: Noviembre 2014

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